
Una idea que conviene jubilar
Trabajo en A Coruña, a la sombra de la Torre de Hércules, el faro romano más antiguo que sigue funcionando y Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Un faro no espera a que el barco choque: alumbra antes. Eso es justo lo que nos pide la UNESCO este jueves 5 de noviembre, Día Internacional contra la Violencia y el Acoso en la Escuela, con su lema: «La seguridad y el bienestar de todos los estudiantes: de la promesa a la práctica».
Para pasar a la práctica hay que jubilar antes una idea que sigue muy viva en muchos centros: que el acoso es cosa de dos, un agresor y una víctima, y que se resuelve en el despacho de dirección cuando estalla, con una sanción. Lo digo sin reproche, porque así nos enseñaron a casi todos. Pero en más de treinta años como psicóloga he visto que esa idea llega tarde y se queda corta.
Lo que el castigo no alcanza
El acoso casi nunca ocurre a solas. Ocurre delante de un grupo que ríe, que mira o que calla. Según el último informe de la Fundación ANAR y la Fundación Mutua Madrileña, casi un tercio de los casos de acoso presencial dura más de un año. El 30 % del alumnado no considera cómplice a quien reenvía un vídeo humillante, y el 27,7 % cree que contárselo a un adulto puede traer problemas.
Ninguna expulsión cambia eso. La sanción a veces es necesaria para proteger a quien sufre, pero actúa sobre una persona, y el acoso se sostiene en el grupo. Y cuando el castigo es la única respuesta, suele dejar lo que Jane Nelsen llama las cuatro erres: resentimiento, revancha, rebeldía y retraimiento.
Veinte minutos a la semana
La buena noticia es que cambiar esa idea no exige presupuesto, ni nuevos cargos, ni una revolución pedagógica. La Disciplina Positiva, basada en la psicología de Alfred Adler, parte de algo que cualquier docente reconoce: todos necesitamos pertenecer. Quien acosa suele buscar un lugar de poder, y quien mira calla para no perder el suyo. Si el aula ofrece otra forma de pertenecer, el acoso pierde su público.
Bastan tres gestos que caben en lo que los centros ya tienen:
- Reuniones de clase en la tutoría. Veinte minutos en círculo para reconocer lo que va bien y resolver juntos lo que no. Así el grupo aprende que hablar no es chivarse.
- Normas acordadas con el alumnado, no solo colgadas en la pared. Lo que el grupo construye, el grupo lo defiende.
- Una pregunta nueva ante cada daño. No solo «qué castigo toca», sino «qué hace falta para repararlo». Amabilidad y firmeza a la vez: la conducta se para, y quien ha hecho daño repara.
Nada de esto sustituye al protocolo ni a la protección de la víctima, que van siempre primero. Lo que cambia es dónde ponemos la energía: antes, y con todo el grupo.
Preguntas para el próximo claustro
- ¿Cuánto tiempo dedicamos a responder al acoso y cuánto a prevenirlo?
- ¿Sabe nuestro alumnado qué hacer cuando ve a alguien sufrir? ¿Siente que puede contarlo sin pagar un precio?
- Cuando sancionamos, ¿qué aprende el grupo que mira?
- ¿Qué pasa en nuestro centro los otros 364 días del año?
Un faro no evita las tormentas, pero hace que nadie navegue a ciegas. Eso puede ser un aula: un lugar donde cada niño y cada niña sabe que tiene sitio, y donde nadie mira hacia otro lado. A veces, entre la promesa y la práctica solo hay veinte minutos a la semana.


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