TU HIJO LLORA Y TÚ TE LO APUNTAS COMO UN FALLO: EL COSTE DE LA MADRE QUE SE HACE RESPONSABLE DE TODO
Por Bibiana Infante, psicóloga clínica y Lead Trainer en Disciplina Positiva

Llega tarde a recoger a su hijo del colegio y el niño se enfada. Ella no piensa “está cansado, es normal, se le pasará”. Piensa: “no debí llegar tarde, le he fallado”. Su hijo se frustra jugando y tira las piezas. Ella no piensa “está aprendiendo a tolerar la frustración, es parte del proceso”. Piensa: “algo estoy haciendo mal, no le estoy dando las herramientas que necesita”. Un mal día, una rabieta, un portazo, un “te odio” dicho en caliente a los siete años: en la cabeza de muchas madres, cada una de esas reacciones no es del hijo. Es suya. Es la prueba de que algo, en algún sitio, ha fallado en su manera de criar.

Esto tiene un nombre, aunque casi nadie lo diga en voz alta: sobrerresponsabilización materna. Y no es una anécdota aislada. Distintas encuestas recientes sobre crianza sitúan la culpa materna como una experiencia mayoritaria entre las madres, no minoritaria: la mayoría reconoce sentirla de forma habitual. En consulta lo veo constantemente, y quiero decirlo sin suavizarlo: este peso no lo reparten igual madres y padres. Culturalmente, seguimos asignando a la madre el papel de termostato emocional de toda la familia, la responsable última de que todos estén bien, tranquilos y regulados. Y cuando alguien no lo está, la primera sospechosa es ella.

El problema no es que a una madre le importe el bienestar de su hijo. Eso es, precisamente, lo sano. El problema es la ecuación que se cuela por debajo sin que nadie la cuestione: si mi hijo lo pasa mal, es porque yo he hecho algo mal. Esa ecuación es falsa, y sostenerla tiene un coste real, medible, que no es solo emocional para ella: también termina afectando a la relación con su hijo y a lo que ese hijo aprende sobre gestionar lo que siente.

Un niño no es un termómetro que mide la calidad de su madre. Es una persona con su propio temperamento, su propio momento evolutivo, su propio mal día. Un niño puede estar frustrado por algo que no tiene nada que ver con lo que su madre ha hecho o ha dejado de hacer: por cómo durmió, por un conflicto con un amigo, por el simple y legítimo hecho de estar aprendiendo a tolerar que las cosas no siempre salen como quiere. Atribuirse cada una de esas reacciones como un fallo propio no es cuidar más, es cargar con algo que no le corresponde a una sola persona, y que, además, no está en su mano controlar del todo, por mucho que se esfuerce.

Y aquí llega la parte que más me interesa señalar, porque suele sorprender: esa sobrerresponsabilización no solo agota a la madre, también le hace peor servicio al hijo. Una madre que se siente responsable de cada emoción de su hijo tiende, sin darse cuenta, a intentar evitarle cualquier malestar: corre a solucionar la frustración antes de que él tenga ocasión de gestionarla, se anticipa a cada posible disgusto, convierte la crianza en una operación constante de prevención de emociones incómodas. Y un niño que nunca tiene ocasión de sentir frustración, aburrimiento o enfado sin que un adulto lo intercepte inmediatamente, no aprende a regularse. Aprende que sus emociones son un problema que otra persona tiene que resolver por él.

La firmeza y amabilidad que propone Disciplina Positiva empieza, en este punto muy concreto, por una distinción que parece pequeña y no lo es: una cosa es hacerte responsable de tu comportamiento como madre —de cómo hablas, de los límites que pones, del ambiente que sostienes en casa—, y otra muy distinta es hacerte responsable de la reacción emocional de tu hijo ante ese comportamiento o ante la vida en general. Lo primero es tuyo. Lo segundo es de él, y aprender a gestionarlo es, precisamente, una de las tareas más importantes de su infancia.

Ser buena madre no es evitar que tu hijo sufra nunca ninguna emoción incómoda. Es acompañarle mientras la siente, sin apropiarte de ella como si fuera un examen que estás aprobando o suspendiendo cada tarde. Esa distinción no se aprende de un día para otro, sobre todo si toda una vida —y toda una cultura— te ha enseñado a medir tu valor como madre por lo tranquila o lo feliz que consigues mantener a tu hijo en cada momento. Pero es, seguramente, uno de los alivios más grandes que le puedes dar a una madre agotada: recordarle que ella no es la única variable, y que su hijo, con su ayuda, también está aprendiendo solo a sostenerse.

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