Para millones de jóvenes españoles, el viaje de fin de curso no es solo una tradición escolar: es un rito de paso. Marca el fin de la adolescencia y el inicio de una etapa nueva, más incierta y emocionante. En los últimos cincuenta o sesenta años, más de un millón y medio de estudiantes han vivido esta experiencia, especialmente en destinos como Mallorca, convertida en escenario casi mítico de despedidas, promesas y primeros pasos hacia la vida adulta.
Durante décadas, este viaje ha sido el broche final tras los exámenes, la recompensa esperada, el punto y aparte entre las vacaciones familiares y la libertad de las vacaciones propias. Una semana en la isla se convierte en símbolo de independencia, de amistad y, para muchos, de una vida que empieza a cambiar.
La pandemia nos obligó a pausar ese ritual colectivo. La película dirigida por Paco Caballero, ambientada en 2021, lo refleja con acierto: un grupo de estudiantes organiza su viaje de fin de curso a Mallorca, pero un nuevo brote de COVID-19 los deja confinados en el hotel. La metáfora es clara: la juventud atrapada entre la esperanza y la incertidumbre.
Más allá del simbolismo, este fenómeno tiene una dimensión económica nada desdeñable. Se estima que la campaña de viajes de fin de curso genera unos 20 millones de euros anuales en la isla. Hoteles, restaurantes, actividades, ocio nocturno… Todo un ecosistema que se activa con cada promoción de bachillerato.
Pero no todo es celebración. Las autoridades, los residentes y los propios estudiantes saben que este viaje exige responsabilidad. No es raro que coincida justo después de la Selectividad, en plena efervescencia emocional, cuando se acumulan las dudas sobre el futuro, la presión de las notas de corte o el vértigo de empezar de cero en otro lugar.
Y sin embargo, pocos quieren perdérselo. Porque más allá del ruido, la música o las fotos en la playa, este viaje representa algo esencial: el deseo de vivir, de compartir, de saborear una libertad que, por breve que sea, se recordará toda la vida.


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