LAS LLAMAS SE APAGAN, PERO COMIENZA LA RECUPERACIÓN DEL TERRITORIO
Por Mariano Schoendorff, CEO de Forest Makers by Sierra Nevada S.A.

Cuando las llamas se apagan, comienza una fase menos visible pero decisiva para el futuro del territorio. El suelo queda expuesto, la vegetación desaparece total o parcialmente, el ciclo del agua se altera y numerosas especies pierden sus refugios y fuentes de alimento. La emergencia ha terminado, pero la recuperación ecológica apenas empieza.

Un terreno quemado no es una superficie vacía sobre la que se pueda actuar de forma inmediata y uniforme. Los efectos del fuego dependen de su intensidad, del tipo de vegetación, del suelo, de la pendiente y de las condiciones meteorológicas posteriores. Por eso, la primera decisión no debe ser qué plantar, sino entender qué ha ocurrido y qué capacidad conserva el ecosistema para recuperarse por sí mismo.

El suelo es uno de los elementos más vulnerables. La pérdida de vegetación y materia orgánica reduce su capacidad para retener agua, conservar nutrientes y protegerse de la erosión. Las primeras lluvias pueden arrastrar cenizas, sedimentos y tierra fértil hacia barrancos, ríos o embalses, especialmente en terrenos con pendiente. No todos los incendios afectan igual, en algunos casos las capas profundas conservan semillas, microorganismos y raíces capaces de impulsar la regeneración natural. En otros, las altas temperaturas alteran gravemente su estructura y fertilidad.

Tras un incendio suele surgir la necesidad de plantar cuanto antes para recuperar el paisaje perdido. Sin embargo, una intervención precipitada puede resultar contraproducente. Algunos ecosistemas mediterráneos están adaptados al fuego y cuentan con mecanismos propios de regeneración. Hay especies que rebrotan desde sus raíces y otras que activan sus semillas tras las altas temperaturas. Cuando existe esa capacidad, facilitar la recuperación natural suele ser la alternativa más acertada.

La intervención activa cobra sentido cuando el incendio ha sido especialmente intenso, el terreno ya arrastraba una degradación previa o existe un riesgo elevado de erosión. La decisión debe tomarse tras analizar el suelo, la vegetación que empieza a aparecer, la disponibilidad de agua y las amenazas que pueden comprometer la recuperación. Restaurar no significa sustituir a la naturaleza, sino acompañarla cuando no puede recuperarse por sí sola o cuando hacerlo le llevaría demasiado tiempo.

Mucho más que plantar árboles

Un bosque no está formado únicamente por árboles. Es un sistema en el que interactúan el suelo, el agua, la vegetación, la fauna y los microorganismos, y por eso la recuperación de un territorio no puede medirse solo por el número de ejemplares plantados. Una restauración adecuada protege el suelo, mejora la infiltración del agua, evita la pérdida de nutrientes, crea refugios para la fauna y favorece una cubierta vegetal diversa.

La elección de las especies resulta fundamental. Hay que valorar el clima, la altitud, el tipo de suelo, la orientación y las precipitaciones, y anticipar cómo responderán ante escenarios futuros de sequía, temperaturas más altas o nuevos incendios. La diversidad es una de las mejores herramientas para ganar resiliencia. Las masas forestales con distintas especies, edades y estructuras suelen responder mejor ante plagas, enfermedades y fenómenos climáticos extremos que los bosques homogéneos.

La prevención empieza mucho antes de que aparezcan las llamas. La discontinuidad de la vegetación, la gestión del combustible forestal, el mantenimiento de las masas y los paisajes en mosaico ayudan a reducir la velocidad y la intensidad de propagación del fuego. La gestión activa del territorio es igual de imprescindible. El abandono rural y la acumulación de vegetación han disparado el riesgo en muchas zonas; mantener actividad económica, empleo y presencia humana en el medio rural forma parte de esa prevención.

En Forest Makers trabajamos precisamente en eso, en la restauración de terrenos degradados y el diseño y gestión de ecosistemas forestales adaptados a cada entorno. Proyectos como Los Solanos, en Burbáguena (Teruel), desarrollado sobre un terreno afectado por el fuego, muestran que recuperar un territorio implica devolverle suelo fértil, biodiversidad, capacidad para retener agua y oportunidades de futuro.

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