Inés Pina, directora de Recursos Humanos en Glintt Global

Hace unos días me senté delante de un micrófono para grabar un podcast con motivo del Día Internacional de la Mujer. La idea era conversar sobre el papel de la mujer en el mundo profesional, y en particular en el sector tecnológico, donde sigo viendo demasiadas salas de reuniones con muy pocas mujeres.
Acepté encantada. Y también con un cierto respeto y sentido de responsabilidad.
Siempre que participo en conversaciones sobre mujeres y liderazgo siento una responsabilidad especial. No se trata de hablar y compartir una experiencia personal, sino también desde una realidad colectiva que todavía está en transformación. De alguna manera, una siente que también representa a muchas otras mujeres que trabajan, lideran equipos, construyen carreras y abren camino en sectores donde todavía no somos tantas.
La conversación empezó hablando de talento, liderazgo, oportunidades. Pero en un momento dado derivó hacia un tema que aparece con mucha frecuencia cuando hablamos de mujeres en el trabajo: la parentalidad.
Empezamos a hablar de conciliación, de corresponsabilidad, de si un papel más activo de los hombres en casa puede ayudar a reducir desigualdades profesionales. Y mientras escuchaba y participaba en la conversación tuve una sensación difícil de explicar: estábamos dedicando muchísimo tiempo a ese tema.
Demasiado tiempo.
Y en ese momento, para mi sorpresa, me quedé en blanco.
No porque la parentalidad no sea un tema importante. Lo es, profundamente. Y las políticas de conciliación y corresponsabilidad son fundamentales para construir sociedades más justas.
Pero también es verdad que la conversación sobre las mujeres en el mundo del trabajo es mucho más amplia. Muchísimo más.
Y sin embargo, una y otra vez, cuando se habla de mujeres en el trabajo, la conversación suele volver siempre al mismo lugar: los hijos.
Como si gran parte del debate sobre el papel de la mujer en el mercado laboral tuviera que explicarse inevitablemente a través de la maternidad.
Las mujeres en el trabajo no somos solo madres —ni todas lo somos. Somos ingenieras, directivas, científicas, programadoras, emprendedoras, investigadoras, gestoras. Tenemos ambiciones profesionales, intereses intelectuales, trayectorias diversas y retos que van mucho más allá de cómo conciliamos nuestra vida personal.
Y los desafíos que todavía enfrentamos también van mucho más allá.
En sectores como el tecnológico, por ejemplo, muchos de estos retos empiezan en las aulas, donde muchas niñas todavía no se ven reflejadas en las carreras STEM. Continúan en los primeros años de carrera profesional, donde los referentes femeninos siguen siendo escasos. Y persisten después en dinámicas organizativas, en sesgos inconscientes, en redes informales de poder o en modelos de liderazgo que históricamente se han construido desde perspectivas muy concretas.
Reducir todo esto únicamente a la conciliación o a la maternidad es simplificar demasiado una realidad que es mucho más compleja. Y cuando simplificamos demasiado los problemas, también simplificamos demasiado las soluciones.
Necesitamos hablar de cómo atraer más mujeres a sectores estratégicos. De cómo construir culturas organizativas donde el talento femenino pueda prosperar. De cómo garantizar que las oportunidades de liderazgo se distribuyan de forma equitativa. Y también de cómo cuestionar algunos sesgos que todavía influyen —muchas veces de forma invisible— en las decisiones que tomamos.
Sí, también necesitamos hablar de corresponsabilidad y de parentalidad. Pero no podemos permitir que esa sea casi siempre la conversación principal.
Porque cuando el debate sobre las mujeres en el trabajo gira demasiado alrededor de ese eje, corremos el riesgo de volver a situar a las mujeres en el mismo lugar del que llevamos décadas intentando salir: el de definirnos principalmente por nuestro papel en la esfera doméstica.
Aquella conversación en el podcast me dejó una pequeña lección personal: incluso cuando creemos estar preparados para hablar sobre igualdad y equidad, todavía tenemos mucho que aprender sobre cómo hacerlo.
Hablar de mujeres en el trabajo no debería significar y dedicar mucho tiempo a hablar sobre madres. Debería significar hablar de talento, de ambición, de liderazgo, de oportunidades y de futuro.
Porque las mujeres somos todo eso, y mucho más.


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